Historias en dulce de la Sierra

En 1890 la familia Moreno Vázquez abrió en Villamartín una confitería que hoy, 126 años después, es uno de los grandes iconos pasteleros de la comarca

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M.J. Melero CalladoLos dulces constituyen una parte importante de la cultura gastronómica en un territorio, consiguiendo el oficio de la confitería que algunos de sus productos más tradicionales se hayan convertido en ‘elementos de identificación de las sociedades locales’ de nuestros pueblos. Una tradición que forma parte de nuestro patrimonio gastronómico, de nuestro patrimonio inmaterial, que supone un atractivo turístico más inherente al patrimonio cultural de los pueblos.

Las confiterías, las familias fundadoras de las mismas y que las han regentado durante décadas y siglos ligando su apellido al oficio de la pastelería, forman parte de la historia de los pueblos, la cara dulce de amargos e imprevisibles tiempos en los que la dura y oscura realidad sólo era aliviada y blanqueada por el merengue, las cremas y el azúcar de unos pasteles hechos desde la sabiduría, el cariño y el buen hacer de profesionales que llegan a elaborar un producto de calidad a base de ingredientes naturales.

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En el municipio de Villamartín se localiza una de las pastelerías con más solera de la Sierra de Cádiz, ‘Confitería Juan Moreno‘, una empresa familiar cuyos orígenes y fundación se remontan a finales del siglo XIX, cuando en 1890 la familia Moreno Vázquez abriera la entonces ‘Confitería Luis Moreno’, dedicándose a la elaboración y venta de dulces. Empresa pastelera que hoy regenta la cuarta generación y que ha sabido amoldarse con acierto a los nuevos tiempos, conservando la esencia, los sabores y el aroma de siempre.

Como testimonia Santiago Moreno, actual maestro pastelero de la confitería, “los dulces antiguos son los más demandados, siempre tiene que haber, pero también hay que elaborar dulces de vanguardia, de la nueva ola, la clientela también busca cosas nuevas”.

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Fue en los años veinte del siglo XX cuando tuvo lugar un hecho de gran relevancia para esta familia confitera. Un acontecimiento que supuso un antes y un después en la producción y elaboración de dulces: la llegada de una compañía de teatro a Villamartín que permanecería allí durante varias semanas para representar sus obras. En 1927, un señor proveniente de Madrid y con experiencia pastelera que fortuitamente venía con esa compañía al estar enamorado de una chica que formaba parte del equipo teatral, entra a formar parte de la historia de la familia Moreno.

Sería él, Luis Cuenca, quien tras pedir trabajo esos días a Luis Moreno, abuelo de Santiago Moreno, actual maestro pastelero y gerente de la empresa, les enseñó a hacer la tradicional y afamada crema de yema de sus dulces, suponiendo además el origen de uno de los productos más emblemáticos de la confitería, el rosco blanco. Según Santiago, “la aportación de Luis Cuenca fue la revolución en esa época”.

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En los años sesenta del siglo XX tiene lugar la aparición de otro de los más afamados productos, ‘el torpedo’, un dulce de creación propia que surge a la sombra de la llegada del hombre a la luna. Juan Moreno Vázquez no dejó pasar la oportunidad y creó un nuevo producto, un bollo alargado relleno de crema pastelera y cubierto con azúcar glass que se convirtió en uno de los dulces preferidos de los más jóvenes. Si a ello se le añade un envoltorio con la iconografía de un torpedo, el despegue de este nuevo producto fue imparable, convirtiéndose en otro de los referentes de esta confitería.

Hoy son 126 años de ininterrumpida y creativa actividad artesanal, siempre en la calle Boticas, de elaboración de dulces, tartas y caramelos, de tradición e innovación, de inundar de sabor y aroma a Villamartín.
Como señala Santiago, “el éxito está en la materia prima de calidad, lo mejor para el cliente”.

De este modo, la familia Moreno, desde 1890, ha sabido conformar, paso a paso, este magnífico proyecto confitero y empresarial que hoy día es icono y referente pastelero más allá de los límites de la Sierra de Cádiz.

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