Los destructores de la política

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yrigoyenIDPor derecho

Miguel P. YrigoyenAbogado urbanista

A colación de la llegada a Rota de los buques de la Armada Americana que forman parte del denominado “escudo antimisiles” se ha venido acuñando el término de “destructores” para referirnos a dichos buques.

En no pocas ocasiones, he acuñado ese mismo término, destructores, para referirme a los “políticos profesionales”, que no “profesionales políticos”, que abundan en nuestro entorno y que son los principales causantes del descrédito que vive la vida pública en la actualidad.

No pretendo referirme aquí a los que consideran que “el dinero público no es de nadie” y lo emplean en cualquier cosa menos en el bien público (advierta el ávido lector que nos referimos a los homenajes culinarios en crustáceos, o a las expediciones monetarias a los países alpinos), puesto que estos llevan la penitencia en el pecado, y le tendrán que dar explicaciones (o no) a la Señora de la balanza y los ojos vendados.

Me refiero a aquellos otros que, bien por limitación cognitiva, bien por maldad congénita, hacen una política rastrera, más enfocada al estercolero y al ventilador que al bien público. El problema es que, en las tierras que habitamos, el viento suele rolar sin previo aviso, y entonces es cuando el estiércol se vuelve contra quien lo venteaba.

Seguramente al lector se le ocurrirán miles de ejemplos de esto que arriba referimos, pues por desgracia es un mal común y extendido, una epidemia en toda regla.

En este zoo político, podemos encontrar al espécimen político que ¿confunde? (voluntariamente o no) deuda contable con déficit, capacidad negativa de endeudamiento con pérdidas contables, conceptos que deberían ser las más elementales nociones de contabilidad pública que todo servidor público debería conocer.

No, no es que le pidamos un Doctorado en Economía de Harvard, pero quizá un curso acelerado de media hora, o de dos horas y media en una tarde, sobre estos conceptos sería de agradecer.

Otro espécimen que abunda en esta “fauna” política es el de aquel que, al modo de los ciervos en la berrea, ejerce el poder que durante cuatro años le hemos prestado los ciudadanos, para aplastar al “otro ciervo” de la manada contrincante, incluso aunque a veces dicho contrincante sea compañero de viaje; sin importarle que con ese ejercicio de poder esté incumpliendo su función pública, o incluso impidiendo que el administrado, el ciudadano que le ha prestado ese poder, se beneficie de un bien o servicio público.

La responsabilidad, en cierto modo, también es de los ciudadanos que hemos permitido que cualquiera que se enrola en un partido político con 16 años pueda alcanzar cualquier cargo público sin la más mínima preparación y, lo que es peor aún, sin el más mínimo recato ni disimulo en demostrar sus carencias.

También es esto fruto de la sociedad en la que vivimos donde no se valora el esfuerzo, ni el tesón, ya nos hemos acostumbrado a que a cualquiera, con el único mérito de haber aplaudido millones de veces al líder de turno, se le considere capacitado para manejar presupuestos públicos de millones de euros, o para decidir sobre cuestiones de la vida de un ciudadano cualquiera basándose, exclusivamente, en criterios de oportunidad del partido político que ha puesto a tal irresponsable al frente de una cargo público.

Que esto tampoco signifique que el primer líder mesiánico que nos llegue con obsoletas ideas revolucionarias nos lleve al huerto.

No salgamos de Guatemala para ir a “Guatepeor”

Pensemos!

 

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