Pienso de una forma pero vivo de otra

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Víctor Pacheco
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Víctor Pacheco

Hace unas semanas tuve una sesión de coaching inspiradora. Trabajaba con un directivo que quería ser más productivo y eficiente con su tiempo. Esta persona casi siempre es el último en salir de la empresa y con frecuencia se lleva trabajo a casa. A diferencia de otras empresas, en esta, salir el último no significa que estás más implicado sino que eres menos eficiente.
Durante la conversación el directivo llegó a descubrir que se engañaba a sí mismo, que no era realista. Aunque sabía que preparar un informe era una tarea que debía ocuparle dos horas inconscientemente se proponía hacerla en media para generarse tensión y trabajar más concentrado. Con esta alta exigencia se cargaba la agenda con tareas, reuniones y llamadas. El resultado real era que en vez de lograr hacer más trabajo finalizaba el día haciendo muy poco de lo propuesto, con la lengua fuera, acumulando trabajo para el día siguiente y lo que es peor, incumplía la mayoría de plazos de entrega, generando dudas sobre su profesionalidad.

Esta persona se dio cuenta además que no era un hecho aislado en su trabajo sino que era un hábito que también ocurría en su vida personal, con consecuencias igualmente negativas. Su reflexión más profunda fue: ahora me doy cuenta de que pienso de una forma pero vivo de otra. Este descubrimiento sería el punto de inflexión hacia un cambio radical en su vida.
Cuando terminamos la sesión, de vuelta a casa en el coche me quedé pensando en esa frase. Me preguntaba cuanta gente está viviendo la vida que quiere vivir. Cuantas veces no hacemos lo que realmente queremos hacer. Por qué no lo hacemos.

La respuesta es simple pero profunda, no nos conocemos por dentro. Nos movemos por emociones y ni siquiera sabemos lo que son. En muchas ocasiones las emociones nos impulsan a actuar de forma contraria a nuestros objetivos. Por ejemplo la pereza hace que te inventes excusas muy buenas para evitar hacer esfuerzos. Aparece cuando quieres ir al gimnasio, cuando tienes que hacer cosas que no te gustan o simplemente cuando hay que pararse a pensar. Si me dejo guiar por la pereza gano en comodidad y descanso y a veces está bien, pero si dejo que me domine siempre me resultará difícil tener disciplina y lograr objetivos. Para evitar la culpa me inventaré que soy flojo por naturaleza y que no sirvo para ese tipo de cosas.

La culpa también aparece con el miedo y juntas forman el coctel perfecto para callarte y no expresar lo que piensas cuando chocas con alguien, o para decir siempre que si cuando te interrumpen. Por miedo a que se enfaden contigo impulsivamente accedes a sus peticiones. Además sabes que si dices que NO luego te llegará la culpa. Cuando te acostumbras a decir que si movido por el miedo y la culpa llegas al convencimiento de que no sirves para decir que no. La consecuencia negativa de todo esto es que al final no haces tu trabajo para hacer el de los demás, quienes además se acostumbran a interrumpirte y se hacen dependientes de ti.

Por suerte la inteligencia emocional y el coaching han venido a rescatarnos. La primera nos enseña qué las emociones son como animalillos salvajes que pueden ser domados. La segunda es la herramienta perfecta para aprender a mirar dentro de nosotros, conocernos y cambiar lo que no nos gusta.

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